“Le apagamos la tele a muchos”: la banda de La Plata liderada desde la cárcel y se burlaba por Instagram

En esta nota te contamos cómo una organización delictiva nacida en los barrios de La Plata, Berisso y Ensenada terminó convertida en una estructura criminal aceitada desde las cárceles bonaerenses. Audios, chats, fotos con armas, entraderas violentas y mensajes mafiosos. Que joyitas...

21-05-2026 - Por La Movida Platense

“Le apagamos la tele a muchos”: la banda de La Plata liderada desde la cárcel se burla por Instagram

Audios, chats, fotos con armas, entraderas violentas y mensajes mafiosos forman parte del expediente que investiga la fiscal Cecilia Corfield, quien apunta contra los hermanos Tobías y Anton Monzón como piezas centrales de una asociación ilícita que operaba incluso desde sus celdas. El caso vuelve a dejar al desnudo algo que en la región todos comentan hace años: las cárceles dejaron de ser lugares de encierro para transformarse en oficinas del delito.

La obscenidad ya ni siquiera se esconde. Se exhibe.

Mientras vecinos de La Plata ponen rejas más altas, cámaras nuevas y alarmas conectadas al celular para intentar dormir tranquilos, una banda de presos organizaba robos desde penales bonaerenses y después subía el botín a Instagram como si estuviera mostrando trofeos de un campeonato barrial.

El expediente judicial es demoledor. También incómodo. Porque vuelve a exponer el fracaso estructural de un sistema penitenciario que hace años perdió el control de los pabellones más pesados. Los delincuentes no sólo seguían operando presos: además se filmaban, se reían y se sentían impunes.

La investigación quedó en manos de la fiscal Cecilia Corfield, titular de la UFI N°15, junto al área de Cibercrimen de la Superintendencia de Investigaciones de Delitos Complejos de la Policía Bonaerense. Tras casi tres años de seguimientos, intervenciones y análisis telefónicos, la Justicia avanzó con allanamientos en cárceles y domicilios vinculados a la banda.

Los nombres aparecen uno detrás del otro y todos cargan historias pesadas. Nicolás Gustavo Emanuel Coria, preso en Gorina por robos armados. Tobías Leonardo Monzón, detenido en la Unidad 61 de Melchor Romero, con antecedentes por robo calificado y tentativa de homicidio. Y arriba de todos, según sospechan los investigadores, Anton Daniel Monzón, encerrado en Olmos por homicidio agravado.

En los papeles figura como kiosquero. En la calle, los pesquisas lo describen de otra manera.

El delito en modo pyme

La banda funcionaba como una pequeña empresa criminal del Conurbano profundo, pero con acento platense. Roles repartidos, objetivos marcados, logística aceitada y comunicación constante mediante un grupo de WhatsApp llamado “El 79”, número históricamente asociado al ladrón en la quiniela.

No era un detalle folklórico. Era una declaración de principios.

En los audios secuestrados aparecen conversaciones sobre posibles víctimas, vehículos para seguir y movimientos de vecinos. Uno hablaba de “salir a laburar”. Otro describía una casa donde vivía un hombre “con la jermu y tres pibes”. También mencionaban una Ford Ranger “toda brillante”. La lógica era sencilla: detectar, marcar y entrar.

La fiscal sostiene que cometieron al menos cinco entraderas entre noviembre y diciembre de 2023. Los botines incluyeron dinero en efectivo, dólares, televisores, joyas, armas y vehículos.

Pero el expediente también deja algo todavía más grave: las órdenes bajaban desde adentro de las unidades penitenciarias.

Ese dato ya dejó de sorprender en la región. En La Plata, hablar de celulares en cárceles es casi tan cotidiano como discutir el estado de las calles después de una tormenta. El problema es que mientras los funcionarios prometen controles, los presos organizan delitos con más conectividad que muchos vecinos laburantes. Y encima lo muestran.

Las stories de Instagram incorporadas a la causa parecen salidas de una mala serie narco hecha para redes sociales. Pistolas exhibidas como juguetes, cuchillos sobre mesas improvisadas, pilas de billetes, motos robadas y mensajes de desafío directo contra la Policía.

“Soy un real bandido, no tu príncipe azul”, escribía Tobías Monzón en una publicación.

El fetiche por el número 79 se repetía en distintos perfiles. Había velas, alcohol y armas alrededor de un improvisado altar dedicado a un hampón fallecido. La marginalidad dejó hace rato de esconderse: ahora construye identidad estética en redes sociales.

El fracaso que nadie admite

Detrás del impacto policial hay otra discusión mucho más profunda que el expediente toca de costado pero deja completamente expuesta.

¿Cómo puede operar una banda desde prisión durante años sin complicidades internas?

La pregunta atraviesa tribunales, comisarías y despachos políticos de la provincia. Porque nadie seriamente cree que un detenido maneje grupos de WhatsApp, publique historias en Instagram y coordine robos complejos sin una red de tolerancias alrededor.

El problema ya no es sólo penitenciario. También es político.

Mientras los gobiernos cambian ministros y anuncian operativos “históricos”, en los barrios de Melchor Romero, Olmos, Berisso o La Unión la sensación sigue siendo la misma: el delito entra y sale cuando quiere.

Los hermanos Monzón ya habían caído tiempo atrás tras allanamientos realizados por la UFI N°17. Aun así, según la nueva investigación, la estructura siguió funcionando.

Uno de los mensajes atribuidos a Anton resume perfectamente el clima de época.

“Le apagamos la tele a muchos”.

La frase aparece en el expediente como una especie de celebración mafiosa después de los robos. Más adelante, el acusado agregaba: “Pronto vamos a contar muchos millones y no se olviden que la chispa es una”.

Ni códigos, ni clandestinidad, ni perfil bajo. La nueva delincuencia narra sus propios delitos en tiempo real.

Uno de los golpes más importantes atribuidos a la banda ocurrió el 17 de diciembre de 2023 en una vivienda de calle 135. La víctima fue una joven. Cuatro delincuentes habrían ingresado para llevarse 2800 dólares, joyas de oro y un Volkswagen Fox.

Entre los mencionados aparece también Ignacio Camilo Pugliese, otro de los detenidos señalados como interlocutor frecuente de Anton Monzón.

En los barrios donde se movían, los nombres eran conocidos. Algunos crecieron viendo fútbol en canchitas de tierra y esquivando patrulleros desde adolescentes. Otros se ganaron fama a fuerza de violencia y ostentación. La cárcel, lejos de frenarlos, terminó consolidando liderazgo y contactos.

Mientras tanto, en tribunales ya analizan el material secuestrado durante los allanamientos. Hay teléfonos, conversaciones, imágenes y documentación.

Y hay otra certeza incómoda. La provincia sigue discutiendo discursos sobre seguridad mientras las bandas profesionalizan el delito desde adentro de los penales.