La ofensiva, calificada por analistas como la escalada más grave en décadas en las relaciones entre ambas naciones, ha desatado una ola de condenas en la comunidad internacional. Organismos de derechos humanos exigen investigaciones urgentes por el impacto humanitario y cuestionan la legalidad de una intervención que, hasta ahora, el gobierno estadounidense ha tratado de ocultar o minimizar.
Pero los cuerpos no se negocian. El dolor de las familias no se borra con declaraciones desde la Casa Blanca. Decir “no hubo muertos” cuando hay fosas, velorios y madres llorando en Caracas es más que una mentira: es un crimen político.

Negar a las víctimas no solo las vuelve invisibles. También convierte la guerra en una farsa contable donde los muertos no cuentan si molestan al relato del poder.
La verdad, esta vez, viene de Nueva York. Aunque preferirían que no se supiera.
